29 ABRIL 2015: NI SABER DE ADIÓS, NI OLER A PAUSA DE REFLEXIÓN


Autor: Blogracho

Este post no debe ni saber de adiós, ni oler a pausa de reflexión. No es un adiós porque seguiré escribiendo, ni es una pausa de reflexión porque no estoy buscando un modo diplomático para terminar con una relación: yo no dudo de mi amor por la escritura. Es un post para contarte como están las cosas.

La semana pasada que no pude escribir por temas personales tuve la oportunidad, a más de reposarme, de reflexionar sobre la importancia del blog, de la escritura y otros aspectos primordiales para mí; y no sé si por casualidad o porque era lo que yo estaba buscando y necesitaba en ese momento, llegó a mis ojos esta frase: proyecta bien tu vida y sigue adelante con confianza.

Y es por esto que en este momento es necesario que yo desacelere, no sin antes informar a mis lectores que esa promesa – hecha con la ilusión de crear un vínculo publicando todos los días a media noche – no puedo seguir manteniéndola.

Por el momento no sé con qué periodicidad lograré publicar, pero me esforzaré a continuar con las publicaciones de “The Elements of Style” todos los martes y miércoles.

Hasta la próxima.

EL CÓDIGO DE SAINT-EXUPÉRY Y SU PRINCIPITO (II) – EL BLOGRO DEL PRINCIPITO


Autor: Blogracho
Capítulo II: EL BLOGRO DEL PRINCIPITO

Todo empezó cuando decidí crear un blog, con la intención de hacer de la escritura un rito. Sí, un rito, como lo han hecho los grandes de la literatura, desde Balzac, que escribía toda la noche bebiendo litros y litros de café, hasta la Munro, que con una mano sostenía la plancha y con la otra escribía a máquina.

Un rito que consiste en extrapolarle a mi jornada cuarenta y cuatro minutos para escribir y publicar algo en el blog, durante seis días a la semana. El séptimo día lo reservo para para afilar la cierra, como diría Stephen R. Covey**; yo prefiero llamarlo: un día para rellenar el tintero… Y todo andaba liso hasta que me llegaron esos días difíciles por los que pasa todo escritor que se empeña, novel o nobel que sea: la postovulación literaria.

Me sentía cansada, insípida y sin libido creativo; sin un motivo válido para seguir consternando mis días que de por sí se consumen subidos en una caminadora que va a setenta kilómetros por hora – caminando. Entonces me paré, di un paso atrás, y comencé a leer de nuevo este pequeño gran libro que un día inspiró este blog y el BLOGO DEL PRINCIPITO.

Y mientras lo leía, mi corazón rojo Valentino comenzó a latir siempre más fuerte:

-¿Qué significa “domesticar”? – preguntó el principito.

-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa “crear vínculos…”

-¿Crear vínculos?

-Efectivamente -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…*

Por esto, por los vínculos, por Antoine, por El Principito, por el zorro, por la Rosa y por ti: aunque a veces sienta que no soy capaz y que no tengo nada interesante que decir, yo tengo que seguir escribiendo en mi blog. Porque cuando yo escribo, mi corazón no se cansa de bailar al ritmo del bombo, y porque cuando el corazón late así de fuerte es señal de que está vivo – y yo tengo que escucharlo.

Y mi blog será para mí lo que fue la Rosa para el principito. Lo visitaré todos los días, y lo dejaré hablar aunque no siempre me guste lo que me diga; y yo le diré con sinceridad lo que pienso poniendo atención en mis palabras, para no herirlo. Lo alimentaré y lo haré crecer. Quizás no será uno de los más bellos de la blogosfera, ni tampoco el más original, ni el más brillante, ni mucho menos el más intelectual y culto – pero será siempre mío. Y terminará siendo para mí único en el mundo, aunque haya millones de los mismos, y yo seré única para mi blog, porque sin mí este no existiría.

Y si mi blog es para mí como la Rosa con cuatro espinas para El Principito, ustedes son como el zorro para mi blog. Entonces tendré que crear un vínculo entre ustedes y mi blog, a través de un rito (otra cosa olvidada). Escribiré algo todos los días y a la misma hora. Así tú podrás irme a buscar entre miles de publicaciones sin temor a no encontrarme, porque sabrás que yo te habré hablado a esa misma hora. Y los domingos sabrás que yo estaré rellenando mi tintero para recuperar mis energías y poder hablarte por el resto de la semana. Y aprenderás a reconocer mi voz y las barrabasadas que digo, y no te asustarás cuando no suene muy contenta o cuando diga algo fuera de lugar, porque serás mi amigo, porque habrás aprendido a conocerme y porque habremos creado un vínculo. Así que, dondequiera que tú estés, debes saber que regresaré siempre a media noche de Italia y que si me esperas o me buscas a esa hora, yo estaré ahí, para hablar contigo.

¡Oh!, me estaba olvidando del enigma.

Si no hubiese aprendido que cuando este corazón rojo Valentino late así de fuerte es señal de que está vivo y que yo tengo que escucharlo, dejaría a un lado estos pensamientos absurdos a lo Dan Crow en su Código Da Vinci. Los aniquilaría. Pero cómo hacerlo, si ayer, mientras me dejaba fechar de nuevo por mi Pequeño Príncipe, mi cerebro – y será por vía de la postovulación literaria, deben perdonarme – comenzó a hacer de El Principito el Código de Saint-Exupéry, y el corazón me palpitaba siempre y cada vez más y más y más fuerte, al ritmo del BOM-BOM, BOM-BOM, BOM-BOM.

El problema de este enigma es que no sé cómo explicarlo; por lo que lo mejor será comenzar en el principio.

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* El Principito, Antoine de Saint-Exupéry

** El Código Da Vinci, Dan Brown

** Los 7 secretos de la gente altamente efectiva, Stephen R. Covey

EL CÓDIGO DE SAINT-EXUPÉRY Y SU PRINCIPITO (I) – VOLVÍ A CAER EN LAS GARRAS DE ANTOINE…


Autor: Blogracho
Capítulo I: VOLVÍ A CAER EN LAS GARRAS DE ANTOINE...

Volví a caer en las garras de Antoine y, como siempre, terminé más intrigada del Pequeño Príncipe de cómo había iniciado.*

Más que una intriga, es un enigma.

Sí, propio así. Un enigma que me inquieta y que me está carcomiendo el corazón y que me lo hace palpitar como un bombo: tan fuerte tan fuerte, que con cada bom-bom, bom-bom, bom-bom, se levanta el viento, y el viento levanta las paredes de mi corazón rojo Valentino que suelta las baquetas pero que las vuelve a coger con violencia, para seguir palpitando. No está jugando ¡no! Es solo que no ve lo que hace.

Porque eso que dicen del corazón, que es ciego, en mi caso, es cierto. El mío en particular es ciego de nacimiento y no logra ver fuera de estas paredes rojo Valentino; por ende, mi corazón ciego de nacimiento que viste rojo Valentino, no ha podido ver que yo he crecido.

No ve. No sabe de razones. Como tampoco sabe que en estos años yo he llegado a conocerlo, y que he aprendido que cuando este músculo con paredes rojo Valentino late al ritmo del bombo – tengo que escucharlo. Porque cuando el corazón late así de fuerte – es señal de que está vivo.

Y será por como leí esta vez el Principito – como cuando de pequeña caía un libro en mis manos y no lograba avanzar de página aunque que el libro fuese fascinante – que de nuevo este corazón ciego de nacimiento que viste rojo Valentino y que no ha podido ver que yo he crecido, comenzó a palpitar al ritmo del bombo.

Y yo que siempre me había reprochado mi falta de concentración a la hora de leer. Pero hasta ayer. Ayer dejé de hacerlo. Ayer que reviví ese método de lectura muy mío, y que volví a sonreír y a ser feliz como cuando yo era niña y me pasaba las tardes divagando por las páginas de un libro, sin cambiar de página. Donde algunas veces mi voz sustituía la del narrador y era yo que continuaba hasta terminar la historia; otras me gustaba pensar que el autor me explicaba porqué escribía una cosa en lugar de otra, o porqué le hacía hacer una cosa a un personaje cuando le hubiese gustado hacerle hacer otra, opuesta a la que terminó por escribir en esas páginas.

El problema de este enigma es que no sé cómo explicarlo; por lo que lo mejor será comenzar en el principio.

* El Principito, Antoine de Saint-Exupéry