YO VENGO DE LA MITAD DEL MUNDO

Autor: Blogracho

Yo vengo de la Mitad del Mundo, del ombligo olvidado de la Tierra.

Yo vengo de la cicatriz en medio de su vientre, y de lo único que le queda a Dios después de haber cortado el cordón umbilical con los hombres.

De donde hasta la cerveza se jacta de ser orgullosamente ecuatoriana.

De donde, después de Atahualpa y Huáscar, juramos que nunca más nos pelearíamos entre hermanos, y que no haríamos del oro la fuente de esperanza de nuestras riquezas.

Donde nos nutrimos de optimismo con tanta facilidad como bebemos nuestros jugos tropicales.

Donde el hombre como el Picaflor no resiste a la belleza de sus flores; y donde la mujer sabe de maracuyá, perfuma de orquídea y muestra su garbo usando como aretes las Perlas del Pacífico y como cadena Los Andes.

Donde basta participar en el Mundial para sentirnos Campeones del Mundo. Y donde el cholo, el montubio, el negro y el indio, hacemos gol en el mismo arco y gritamos a todo pulmón “Si se puede” aunque nos estén goleando.

Donde la Tricolor es más que una Bandera y nos la ponemos como camiseta.

Donde, por más que se modernicen los idiomas, saludaremos siempre a nuestra tierra con un ¡Salve, oh Patria!

Donde todo es más grande del recipiente que lo contiene.

Donde estar a 2200 metros de altura es como estar subido en una caja de fósforos de donde se enciende la Luz de América.

Donde las Galápagos están alargando la longevidad porque no quieren dejar el paraíso.

Donde, en invierno se va al mar y en verano se refresca.

Donde hay la más alta concentración de ríos por kilómetro cuadrado en el mundo, que los científicos están por comprobar que desde este ombligo se ramificaron todos los ríos del planeta.

Ríos por donde navegan a la luz del día y sin pudor, las anacondas de gula profunda que están depredando nuestra Amazonía; pero que, por la algarabía y los aplausos comprados con los que estas son recibidas, no nos percatamos que nos están atracando. Y porque, como toda serpiente astuta y calculadora, y habiendo aprendido de la propia experiencia, antes de que alguien meta el ojo en sus aguas turbulentas, la Anaconda lo resolvió todo dejando que Julito navegue libre por sus caudales.

Es que, si de una pata cojea el ecuatoriano, es de la del pacifismo. Porque el ecuatoriano busca siempre lavar los trapos sucios en casa y no espera que le caigan del cielo limones. De una rama caída siembra un árbol y de un limón saca para el ceviche de pescado y la limonada, y deja una tajada para ponerle a la cerveza – orgullosamente ecuatoriana.

Es que el ecuatoriano es un gran trabajador y no pierde su espíritu emprendedor; ni siquiera cuando les caen plagas a los árboles. Lo máximo que se le escucha decir cuando se lamenta es un “chucha que soy salado”, y con esta misma sal cubre el pescado, lo tuesta al sol y comienza a venderlo en un canasto, y en algunos casos logra hasta exportarlo.

Así de trabajador es el ecuatoriano, que si Steve Jobs no hubiese podido usar como logo la manzana del conocimiento y de la sabiduría, y la hubiese tenido que sustituir por un símbolo que mejor represente su nombre, a estas alturas del partido el logo de la Apple sería este ombligo olvidado de la Tierra a forma de triángulo.

Pero al ecuatoriano la mansedumbre le dura hasta cuándo, ni con el plátano verde, ni con el pintón, ni con el maduro, le alcanza para llenar el estómago de toda la familia; y tampoco puede echarle más agua al caldo porque no le ha llegado el agua potable; y cuando por meses no le queda ni para la chata ni para una chela. Ahí es cuando se nos sale el indio que tenemos adentro, y el ecuatoriano se cabrea, y manda a la mierda cualquier promesa de no cometer fratricidio.

Y el Ecuatoriano cabreado puede llenarse de tanta indignación y coraje, que es capaz de hacer explotar hasta al mismo Chimborazo y de quitarle la exclusividad a la Batalla del Pichincha de ser la única en el mundo de llevar el nombre de un volcán.

Pero el ecuatoriano aun así no pierde la costumbre de lavar los trapos sucios en casa, y de todo esto, el turista, ni por enterado. Y el turista se va enamorado de ese ombligo, de la sal de su gente y de la biodiversidad de esta tierra que hasta en su Constitución, que es la más larga del mundo y del universo si la calculamos en función de su superficie, consta el derecho del medio ambiente.

Y donde a breve se incluirá también un artículo, donde se le prohibirá al ecuatoriano que pierda su sal para que las anacondas puedan seguir atragantándose. Porque acabada la sal del ecuatoriano, ni el mismo Dios podrá seguir aguantando para que no se cumpla la profecía de Santa Marianita de Jesús – que en paz descanse – y ese día caerán las anacondas y Dios será desterrado de su paraíso.

Por todo esto y por todo lo que falta, así como la cerveza, yo soy orgullosamente ecuatoriano ¡carajo!

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